Desde el momento en el Pol se desprendió del cascarón de su huevo sintió el impulso de trepar muy alto. Las alturas le atraían irremediablemente, sentía la llamada, llámalo instinto, llámalo como prefieras, él sentía que había nacido para ello. Lo intentó con todas sus fuerzas, puso toda su voluntad, pero no había nada que hacer, Pol no tenía baba, así que cada vez que intentaba trepar acababa estampado contra el suelo. Parecía que no importaban sus esfuerzos, porque siempre acababa estrellándose, y es que no siempre querer es sinónimo de poder.
Pol comenzó a desesperarse, veía a los demás caracoles cumplir su sueño: trepar muy alto por los troncos de las plantas, mientras que él ya comenzaba a aceptar con resignación que ese sueño no estaba hecho para él y se lamentaba mientras se deslizaba lentamente por el suelo. Pese a las dificultades, Pol era muy testarudo y no pensaba rendirse fácilmente, así que puso a trabajar su imaginación y probó con todas las ideas alocadas que se le pasaron por la cabeza: como darse un baño con miel (para hacer que su barriga fuese muy pegajosa) o utilizar una gota de resina, pero ninguna de esas ideas resultó lo suficientemente buena.
«¡Me encantaría poder trepar! – suspiró –
Subiría hasta arriba del todo. »

Pero estos primeros pasos fallidos no rindieron la voluntad de Pol, que estaba decidido a encontrar la solución. Quizás si fuese mucho más fuerte podría trepar sin problemas, pensó, asi que entrenó y entrenó, puso todo su empeño en ello y muy pronto ganó tanta fuerza ¡que podía trepar de formas inimaginables! Girar, colgarse del revés, doblarse, hacer el pino…
Un día se encontró con una babosa, que le dijo cuánto le gustaba su caparazón, algo que ella no tenía y le preguntó si necesitaba ayuda. Pol aceptó y ella le llevó hasta la cima. ¡Qué bonito se veía todo desde allí! Después de aquello, siempre que se cansaba trepando pidió ayuda, ya no sentía vergüenza. Cuando todos comprobaron las acrobacias que Pol podía hacer, pronto quisieron imitarle y siguieron sus pasos, incluso algunos caracoles llegaron a ser acróbatas tan buenos como Pol, así que ¡tuvieron la genial idea de crear un circo!

Todos intentamos encajar y en la infancia imitamos lo que hacen todos aquellos que nos importan y nos rodean, pero esta historia no siempre es así: no siempre es posible. Miles de niñas y niños nacen con algún tipo de discapacidad, ya sea física o mental, o ambas, y no pueden seguir los mismos pasos que sus padres, hermanos o amigos, pero no por ello son menos válidos, tan solo debemos dibujar un nuevo sendero y encontrar la forma de saltar o bordear las piedras que nos encontramos en el camino.
Aquello que nos hace diferentes no debe vestirse con la máscara de la rareza, sino con la de que nuestra singularidad nos hace únicos e irremplazables, y es en nuestra singularidad donde podemos hallar la forma en la que ser un ejemplo a seguir, una motivación para el mundo.
Integrar el discurso de la discapacidad es absolutamente necesario, tanto en el aula como en casa. Cambiar la mirada con la que contemplamos a la discapacidad es esencial para erradicar el bullying o cualquier tipo de acoso en las vidas de las niñas y niños, que como todos los demás, merecen una infancia feliz, desprovista de prejuicios. Incluir la literatura en el camino de la concienciación es un pilar básico, porque los cuentos tienen la capacidad de tocar nuestro corazón y en esta tarea, el cuento de Pol el caracol, es una elección extraordinaria.

«Lo que más desea el caracolito Pol es ser como todo el mundo. Pero no lo es y nunca lo será. Pero ¿por qué iba a sentirse mal por eso? Este resuelto caracolito decide actuar. Disfruta de esta historia amable sobre discapacidades, superación, anhelos, fuerza de voluntad y solidaridad. Descubre cómo, lejos de ser un obstáculo, la diferencia puede ser la clave para abrir nuevos horizontes.»
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